Te levantas por la mañana con ganas de saber que tal fué el concierto de ayer en Madrid de Eric Clapton, con todas las entradas vendidas, hace meses desistí de hacer el doblete Madrid - Barcelona, este domingo viene a tocar al Palau Sant Jordi, y despues de acceder a sus redes compruebo que al setlist le faltan tres canciones, sigo leyendo y se me caen las pelotas al suelo, despues un gran sentimiento de vergüenza ajena, por lo visto alguien le lanzó una carpeta de vinilo en el escenario impactando en él, con el consecuente cabreo ordeno a sus musicos que ya se habia acabado el concierto, ya me imaginaba yo, si hubiera ido, con el coste del AVE, mas una noche de hotel, y todo lo que supone ir a Madrid a disfrutar del concierto y por culpa de un (no se como calificarlo) va y te jode parte del concierto, vaya mosqueo, peor que el que pilló Clapton, mas calmado he visto una entrada en redes por parte de Coque Malla que me ha dejado con la boca abierta, increible, una reflexión cojonuda generada por los acontecimientos de ayer y la verdad es inmejorable por ese motivo os la comparto integra, yo de vosotros no me la perderia.
Coque Malla, comentando lo acontecido ayer en el concierto de Eric Clapton en Madrid.
Que un caballero de 81 años, acompañado de una banda de músicos con una media de edad bastante elevada, sin apenas escenografía, ni pantallas ultra modernas, ni efectos visuales; sin inears, ni teleprompter, ni claqueta (tres aparatos infernales que muchos profesionales de la música se empeñan en señalar como imprescindibles hoy en día), apenas unos instrumentos, unos amplificadores y cuatro focos que apenas se movieron en todo el concierto... imparta semejante lección de música, feeling, sonido, tranquilidad, fuerza y talento... nos debería hacer reflexionar a unos cuantos. A unos más que a otros, claro.
Gracias señor Clapton por seguir absolutamente conectado y comprometido con la verdad, con el blues, con el rock n’ roll y con la belleza.
Respecto al imbécil que tuvo la genial idea de lanzarle un vinilo a modo de frisbee a un caballero inglés de la tercera edad, que abandonaba pacíficamente el escenario, dispuesto a hacer un bis de tres canciones (alguien de la producción local me chivó el repetorio antes de empezar el concierto y os aseguro que así estaba planeado), privándonos a 15.000 personas de escuchar al maestro un ratito más, pero que se marchó a su casa, con toda la razón del mundo, enfadado e incrédulo ante la agresión y la falta de sentido común y de respeto... espero de corazón que lea esto, y los cientos de mensajes agradeciéndole el gesto que solo un idiota profundo es capaz de llevar a cabo, y reflexione un poco. No estoy insultando a nadie, lo estoy describiendo.
Y respecto a los mensajes que leo en redes del tipo: “pues vaya mierda”, “qué mal sonaba”, “será borde el tío, por un vinilo de nada, que culpa tendremos los demás”, “no se le oía la voz” y demás lindezas... solo una reflexión, que como la inmensa mayoría de las reflexiones, es tan inútil como prescindible. En cualquier caso, ahí va...
Cada día estoy más convencido, que desde que el mundo es mundo, las personas se dividen en dos tipos: por un lado, los maestros, los sabios, los genios, la gente tranquila, con talento, que llena el aire y el cosmos de cosas hermosas y le da cierto sentido a la vida (como, por ejemplo, el señor Clapton)... los que les escuchan humildes, respetuosos e impresionados, sin atreverse a juzgar, valorar o criticar (como no sea para bien) algo que tiene tanta fuerza, tanta magia y tanta luz... y por otro lado, los torpes que se apresuran a cacarear y hacer ruido en público, creyéndose más astutos que nadie, pensando que han descubierto el truco -porque a ellos nadie les engaña, menudos son ellos, ni siquiera un tipejo como Clapton, que como todo el mundo sabe, se va por el mundo a tocar blues del delta, con 81 años y siendo multimillonario, solo por la pasta-, y sin ser conscientes del tremendo ridículo que hacen desvelándose a sí mismos en público como personas invadidas por la soberbia y la estupidez.
Si se callasen un minuto, si tomasen conciencia de su tremenda torpeza, de su irremediable incapacidad para sentir en las tripas lo que los maestros les ofrecen, y ruborizados ante la grandeza y la pureza, cerrasen la boca durante una hora... dos... Este mundo resonaría hermoso y armónico con las palabras, los sonidos, las imágenes y las creaciones de los artistas.
Dos horas, dos horitas de nada de prudencia y silencio. Tampoco pedimos tanto.
Otra vez, gracias, señor Clapton y disculpe el incidente.